Artículo: Identidad

Autor: David Suarez

Toda generación enfrenta una pregunta que no puede evitar: ¿quién soy?

No es una pregunta simple, es una pregunta de origen, pertenencia, valor, propósito y destino, el ser humano necesita saber de dónde viene, a quién pertenece, qué título porta, qué autoridad representa y cul es el propósito en la tierra.

Esta es una de las grandes crisis de nuestro tiempo: una generación con mucha información, pero poca revelación; muchas voces, pero poca verdad; muchas plataformas, pero poca pertenencia; muchos deseos, pero poca dirección, cuando una persona no conoce su verdadera identidad, comienza a buscar definición en lugares inestables: aprobación, logros, apariencia, redes sociales, dinero, relaciones o heridas del pasado, pero ninguna de esas fuentes tiene autoridad para declarar quién es el ser humano.

El mundo te pone una etiqueta, pero no engendra, el sistema te clasifica, pero no afirma, la cultura opina, pero no otorga identidad, solo el Padre Celestial puede declarar con autoridad quién es un hijo.

Desde el Reino de nuestro Padre Celestial, la identidad no se inventa, no se negocia y no se improvisa, la identidad se recibe del Padre.

Y el título que el Padre otorga al ciudadano del Reino es este: hijo.

En Juan 16:27, Yeshúa declara: “el Padre mismo os ama”. Esta es la base de la identidad del hijo: no vive tratando de convencer al Padre de que lo ame; aprende a vivir desde el amor que el Padre ya declaró, estas son las declaraciones del único que había conocido al Padre; él revela una verdad que destruye la orfandad interior.

La identidad de hijo comienza cuando el ser humano deja de definirse por lo que perdió, por lo que sufrió, por lo que otros dijeron o por lo que el sistema exige, y comienza a vivir desde el título que el Padre le concedió.

Soy hijo del Padre Celestial, y el Padre mismo me ama.

Toda identidad verdadera necesita una fuente legítima. En la tierra, una partida de nacimiento certifica el origen natural de una persona, en el Reino, la identidad de hijo es certificada por una autoridad superior: el Padre Celestial.

Juan 1:12 declara que a los que reciben al Mesías y creen en su nombre se les concede “potestad de ser hechos hijos de Dios”. Esa potestad habla de derecho, autorización y posición legal. No es solo emoción; es un título otorgado.

Pero Juan 1:13 explica el proceso: estos hijos no nacen de voluntad humana, sino de Dios. Esto significa que la identidad del ciudadano del Reino no nace del sistema de tu país, el estado no te otorga el origen, tampoco la carne, ni el apellido, mucho menos la cultura de tus  antepasados. Nace de una obra superior: el Padre engendra y engendrar significa procrear, transmitir linaje.

Engendrar es un acto de generación, no de creación ex nihilo (de la nada).
No se crea “materia nueva”: se transmite naturaleza, estatus, linaje, origen. Juan no está describiendo un acto creacional como cuando el Eterno dijo “sea la luz”, él está describiendo un acto de generación legal, donde Dios se convierte en el origen de su linaje, por eso el acta legal de la tierra puede decir dónde naciste, pero la partida de nacimiento del Reino declara de quién naciste.

El Espíritu certifica la identidad del hijo no solo recibe un título externo; recibe una certificación interna. Romanos 8 enseña que los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios, y que el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos, esto significa que la identidad no queda como teoría. El Espíritu del Padre confirma dentro del hijo lo que el Padre declaró sobre él.

Gálatas 4 también afirma que, por cuanto somos hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, y que ya no somos siervos, sino hijos y herederos, el siervo trabaja para ser aceptado, el hijo obedece por que es heredero, nuestro Padre nos dejo el modelo de hijo perfecto, nuestro hermano Yeshúa el primogénito; para Él la obediencia fue un deleite.

Antes de iniciar su misión pública, Yeshúa recibió una declaración del cielo: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complací”.

El Padre afirmó identidad antes de actividad. Primero declaró: Hijo amado, después vino la misión.

Este es un principio del Reino: nadie debe ejercer propósito desde el vacío, rechazo u orfandad, el propósito debe nacer desde una identidad afirmada por el Padre.

En el proceso de formación del ciudadano del Reino: la identidad es el primer fundamento, pero no es el final del proceso, el hijo debe ser formado para representar correctamente el gobierno del Rey.

La ruta es:

Identidad
formar el Caracter
Capacitación
Equipamiento
Propósito

Primero el ciudadano sabe quién es, luego permite que su carácter sea formado, después es capacitado para comprender su función, finalmente es equipado para ejercer propósito en el Reino.

Declaración final
Soy hijo del Padre Celestial.
Mi identidad no nace del rechazo, del error ni del pasado.
Mi identidad nace del amor del Padre revelado por Yeshúa el Mesías.
No vivo como huérfano, siervo ni mendigo.
Vivo como ciudadano del Reino, nacido de Dios, certificado por el Espíritu y llamado a representar el gobierno del Rey.

Conclusión

La verdadera identidad no se construye desde la opinión del mundo; se recibe desde la autoridad del Padre.

Una generación puede tener información, talento, influencia y oportunidades, pero si no conoce su identidad, vivirá buscando afuera lo que solo el Padre puede declarar desde arriba.

El ciudadano del Reino no busca identidad: la recibe.
No mendiga valor: lo porta.
No vive desde orfandad: vive desde filiación.
No camina sin título: camina como hijo amado del Padre Celestial.

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